O cómo cancelar un plan me hizo darme cuenta de cómo soy
“Sí, me encantaría hacer gratis el diseño de la nueva línea de suplementos de tu novio”.
“Claro, tomemos algo entre semana el día antes de mi gran presentación del trabajo en el peor antro del mundo”.
“No te preocupes, puedo llegar antes para ayudarte a preparar tu fiesta de cumpleaños a la que sé que invitaste a mi ex”.
Todas alguna vez hemos dicho que sí a algo que no nos apetecía.
Planes para cenar, viajes, conciertos, quedadas imprevistas… yo suelo apuntarme a casi todo, siempre que me lo proponga alguien que quiero. Pero ayer, por primera vez desde que recuerdo, cancelé un plan a última hora. Y lo peor: lo cancelé con mis amigas.
No es que no me apeteciera, pero creo que en algún momento desde que hice el plan, mis compromisos comenzaron a hacer más ruido que mis pensamientos. Entonces me pregunté, ¿pareceré borde si finjo que estoy bien y estoy estoy callada?
Hay gente que me hace cuestionarme si realmente mereció la pena vacunarme para tener interacciones sociales, gente que es lo peor, pero mis amigas son lo más, ¿por qué tendría que fingir con ellas? Una de las mejores sensaciones del mundo es ser una misma con alguien que también está siendo ella misma. Así que como no quería sentirme culpable por tener que reírme de algo que no me hacía gracia, finalmente cancelé. Y me sentí fatal.
Nadie te dice que lo que la edad adulta cambia es tu energía. Y no hablo del cansancio físico, sino del desorden mental. Con la edad no pierdes tus ganas de hacer planes o el amor por la gente, pierdes la tolerancia a fingir.
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