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No quiero convertirme en el tipo de persona que cancela planes a última hora

Nada provoca tanto placer como cuando te cancelan un plan que no te apetece. Sobre todo, cuando te exime de esa sensación de culpabilidad y la carga de la cancelación recae sobre la otra persona. Ese sentimiento es mejor que cualquier droga. A pesar de eso, yo soy de las que, incluso ante un apocalipsis, mantengo la cita.

La rutina es dura y casi todo el mundo necesita hacer algo para salir de ella de vez en cuando, aunque sea por obligación. La emoción de un plan diferente, de añadir una línea al calendario, de tener algo que esperar… El problema es cuando llega el día. Si bien el plan sonaba genial en un mundo hipotético, llegado el momento, puede aparecer un dolor de cabeza o simplemente no estar de humor para socializar.


Cada vez conozco más casos de gente que anula una cita con poco tiempo de antelación. Hace unos años, tuve una amiga que me canceló una hora antes de ir juntas a un concierto. Después, lo repitió en dos ocasiones más. Actualmente no es mi amiga, por razones obvias. Recientemente otro conocido me llamó también una hora antes para decirme que no podía acudir a comer conmigo por un contratiempo con su hijo. Me quedé con la comida preparada y la mesa puesta. Tengo más ejemplos, como la amiga de mi madre que la llamó para anular su quedada cuando salía por la puerta, o la de mi hermana, cuya táctica fue apagar el teléfono para no estar localizable. Pero, ¿con cuánto tiempo de antelación es aceptable cancelar un plan y con qué motivo? De acuerdo, si es para desactivar una bomba, un minuto antes, si es por enfermedad, al menos cuatro horas, y si no es ninguna de las anteriores, entonces es inaceptable.

No estoy diciendo que no puedan surgir imprevistos, sino ¿por qué la gente hace planes si no tiene ninguna intención de mantenerlos? Me pregunto si actuarán del mismo modo ante una cita médica o una reunión importante. En esos casos, quizá busquen alternativas. Pero, ¿acaso quedar con alguien cercano no es igual de importante? Aquí también deberían existir alternativas.


A veces, hago planes con amigas que sé que me cancelarán en el último momento. Estoy tan tranquila cuando llega la fecha que hasta me reservo una clase en el gimnasio a la misma hora. ¿Me estaré volviendo más sabia respecto a las relaciones o estaré desarrollando algún problema de desconfianza? Ese cinismo a la hora de planificar cosas con esas personas me salva de mucha angustia, pero a la larga, quizá no sea sano para ninguna de las partes.


En ocasiones no se puede evitar cancelar un plan, pero en las relaciones hay que invertir tiempo —y dinero – . Estoy totalmente en contra de esas amistades que proclaman no verse en meses, pero con las que todo sigue igual cuando te juntas. Eso está muy bien en la teoría, pero me parece que justifica una dejadez en las relaciones a la que nos hemos ido acostumbrando. Las citas con amigos son como la Navidad, que aunque nunca me ha gustado esa época del año, creo que es necesaria porque fija un momento concreto para estar con la gente que quieres. Es una cita obligatoria e irrevocable en el calendario, la excusa sin la cual mucha gente no vería a sus seres queridos por falta de tiempo, estrés o la maldita dejadez. Las relaciones y, en concreto, las amistades, hay que trabajarlas y si te cancelan planes constantemente quizá sea el momento de evaluarlas. En lugar de seguir haciendo planes y cancelarlos, puede que sea necesaria una conversación honesta. Como la que yo no tuve con la del concierto.


Hace tiempo que descubrí que mis amigos pueden estar cansados, que hay hijos que se ponen enfermos o que simplemente prefieren pasar el día con otra persona que no sea yo. Pero ser tan pesimista no me hace sentir mal, al revés, me hace sentir mejor porque no me llevo sorpresas.


Lo mejor de todo es que cada vez me entrego más a la espontaneidad. Siempre he pensado que la planificación está sobrevalorada. Una vez tuve un grupo de amigos que planificaba cada quedada con meses de antelación y, aunque era emocionante esperar a esos encuentros, al final terminaba perdiendo el interés. Cada vez me gustan más los planes espontáneos y me entrego más a la improvisación. Me encanta recibir un mensaje de alguien que me propone algo que empieza en unas horas, ante lo que rara vez digo que no.


La pereza puede hacer que inventemos una excusa perfecta y el cinismo salvarnos de decepciones, pero ambas son un cóctel cuyo efecto hace que nos perdamos lo mejor de la vida. Yo cuando me encuentro dudando —incluso sollozando – mientras me preparo para salir, pienso que no quiero convertirme en una de esas personas que cancela en el último minuto. Quizá debamos hacer como en los hoteles y que la persona con la que quedamos nos deje una tarjeta de crédito en la que cargar el tiempo que nos hace perder.

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