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Prohibido escuchar a Murphy

March 17, 2020

Capítulo 1 del libro "Prohibido escuchar canciones ñoñas"

 

¡Mierda, no arranca! Piso el embrague, meto la primera y mientras giro la llave acciono con fuerza el acelerador. Nada. Solo un sonido ahogado que va haciéndose cada vez más débil. Vuelvo a insistir diez veces más, pero mi coche ya no responde.

 

— Mierda, justo hoy. ¡Tenía que pasar hoy! Maldito Murphy…

 

Tras siete meses en paro, por fin había logrado tener una entrevista de trabajo. La cita era a las siete de la mañana en la oficina de un gran grupo editorial situado en un polígono a las afueras de la ciudad. Como siempre llego tarde a todas partes, me juré a mí misma que estaría allí con puntualidad británica.

Pero mi karma no me lo iba a poner tan fácil. Me lo imaginaba limándose las uñas escuchando a Billie Holiday, mientras apuraba el último trago de gin-tonic, hablándome desde el más profundo de los desprecios: «Tranquila, querida, que en seguida estoy contigo». Y entonces todo mi mundo se pondría patas arriba, lo que hubiera sido estupendo para salir del tedio de los últimos meses pero ahora no.

 

 Tenía un Nissan Micra del 90 sin aire acondicionado, regalo de unos familiares antes de irse a vivir a Tailandia. Una verdadera chatarra. Cuando no eran los frenos era el embrague, y si no el ralentí. Un chorreo de dinero sin fin.

 

Después de unos minutos de descanso, y tras varios intentos fallidos de arrancar el coche, finalmente desistí. Apoyé la espalda en el asiento con las manos apoyadas en el volante, dejé caer la cabeza hacia atrás y cerré los ojos a la vez que sentía cierta somnolencia. Llevaba esperando tanto tiempo esa entrevista y ahora todo se volvía en mi contra. 

 

— ¡Jodeeeer! Esto no puede acabar así —me dije. Volví a meter la llave en el contacto y decidí probar una última vez. Embrague, primera, giro de llave, acelerador y… voilà!, el motor empezó a rugir.

 

— Toma, toma y toma, maldito karma —grité.

 

Todavía no había amanecido cuando conseguí salir del parking. La calle estaba totalmente vacía. En esa mañana de invierno la niebla acentuaba las luces y las sombras creando un efecto fantasmagórico y siniestro a la manera de las novelas de Stephen King.

 

Empujé el casete que asomaba por la ranura de la radio y comenzó a sonar la increíble voz de Ella Fitzgerald con su Imagine My Frustration. Me gustaba escuchar estas canciones antiguas e imaginarme como las divas de aquella época, al volante de un clásico de los años 50, pero claro, para eso hacía falta lo que yo no tenía: dinero. La Fitzgerald dijo: «He sido rica y he sido pobre y puedo asegurar que es mejor ser rica», y si la gran diva del jazz lo había dicho, yo no iba a ponerlo en duda.

Conducía por una estrecha calle del barrio residencial en el que vivo. Necesitaba saber la hora pero el reloj del coche no funcionaba. Deslicé mi brazo derecho hacia el asiento del copiloto, metí la mano en mi enorme bolso para buscar el móvil. La cartera, las llaves, la agenda, un tampón, un cepillo de pelo, un paquete de kleenex, la barra de labios, un pendrive… ¿Dónde coño lo habría puesto? Ni rastro de él. Desvié la cabeza un instante para poder localizarlo y comencé a revolver de nuevo dentro del bolso mientras conducía.

 

De pronto sentí un impacto contra el coche y un ruido seco, algo así como un crash seguido de un boing. No fue un plaf o un cronch como en las escenas de Batman porque en la vida real los ruidos no son como en las películas. Frené en seco. ¿Qué había sido ese ruido? Levanté la vista por encima del volante y vi que el capó estaba abollado. No sabía qué hacer. ¿Se suponía que tenía que salir del coche o tal vez huir? Decidí abrir la puerta y ver qué había pasado mientras comenzaba a sonar Fever de Peggy Lee. Un chico yacía inmóvil en el suelo con un reguero de sangre alrededor de su cabeza. Pero, ¿eso que asomaba era un trozo de cerebro? Estaba claro que no era un zombi, porque la sangre era mucho más roja y esta tiraba más a rosa. Caminé a su alrededor y me acerqué para observarle de cerca. Su cazadora me resultaba familiar; se parecía mucho a la de Ricardo, un chico que había conocido hacía un mes en un concierto. Me acerqué para verle la cara y… ¡vaya si era él! Un poco más pálido, eso sí, pero sin duda que era Ricky.

 

Recordé el día en que nos conocimos. Mis amigas decidieron que ya era hora de cambiar el pijama por las lentejuelas y se presentaron por sorpresa en mi casa con las entradas para un festival de música. Al principio me resistí pero, ante su insistencia, me planté los vaqueros y me fui a disfrutar de la magia de la música en directo. La casualidad quiso que nos encontráramos en la cola del baño. No sé lo que tienen esas interminables filas que acabas haciendo amigos para toda la vida, de esos que luego invitas a tu boda. Pero este no era el caso. A Ricky me lo presentaron unos amigos unos meses antes y, tras una conversación intrascendente de holaquetal, me pidió el teléfono.

Después de unas cuantas horas de música nos volvimos a encontrar, esta vez en la cola de los perritos calientes y, a pesar de los trozos de cebolla y de pepinillo en la cara, pensé que Ricky tenía aire de crooner. Los crooners eran esos vocalistas norteamericanos que cantaban con maravillosos trajes hechos a medida acompañados de una gran orquesta, como Frank Sinatra o Tony Bennett. Así que después de imaginármelo cantando Fly Me to the Moon mientras engullía el perrito, decidimos irnos juntos a su casa. Estuvimos viéndonos unas tres semanas hasta que un día, de la noche a la mañana, me soltó a la cara que creía que «no íbamos a la misma velocidad». Nunca supe lo que quiso decir pero ahora, al verle tendido en el suelo, lo entendía a la perfección.

 

 Me agaché para acercarme un poco más todavía. Estaba muerto, eso estaba claro. No sé cuánto tiempo me quedé observándole. Supongo que pasaron varios minutos hasta que vi cómo adquiría un tono azulado. La escena resultaba bastante poética. Todavía no se había hecho de día, la niebla lo inundaba todo y él me parecía hasta interesante ahí tirado, mucho más que cuando estaba vivo. Coloqué mi cara enfrente de la suya y le susurré:

 

— Con que… ¿no vamos a la misma velocidad? Pues parece que alguien ha echado el freno de mano, ¿eh? —y, sin poder evitarlo, esbocé una sonrisa.

 

En ese momento los ojos de Ricky se abrieron. ¡Estaban en blanco! Me agarró con fuerza la cabeza mientras intentaba darme un mordisco emitiendo unos ruidos incomprensibles. Yo le sujetaba los brazos como podía pero él seguía abriendo y cerrando la boca con movimientos espasmódicos. En uno de los forcejeos acabó colocándose encima de mí. Me resultaba imposible evitar su mordisco desde esa posición, pues su peso me estaba ahogando. Estaba claro, ¡era un zombi! Noté que me flaqueaban los brazos. Mis padres siempre me habían dicho que podía ser lo que me propusiera, pero ahora adiós a mis sueños de conseguir ese trabajo, de ser escritora y de ganar el Pulitzer. Poco a poco me fueron abandonando las fuerzas, me rendí y en ese preciso momento me mord… ¡Y desperté!

¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? ¡Me había dormido en el coche! Me despertó la original voz de Nina Simone. Deslicé mi brazo derecho hacia el asiento del copiloto, metí la mano en mi enorme bolso para buscar el móvil. La cartera, las llaves, la agenda, un tampón, un cepillo de pelo, un paquete de kleenex, la barra de labios, un pendrive… ¿Dónde coño lo habría puesto? Ni rastro de él. Salí del coche como pude y me abalancé a la calle a la búsqueda de un taxi. Invadí literalmente la carretera, y vi que un coche se acercaba a gran velocidad. Lo último que escuché fue un ruido seco, algo así como un crash seguido de un boing.

 

 

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